Nuestro comportamiento natural
Cuando nosotros nos airamos, ¿por qué lo hacemos? Las razones son muchas, pero habitualmente todas apuntan a que nos sentimos agredidos o doloridos, ¡y no podemos permitirlo! Somos nuestro propio tesoro que hay que defender.
Cuando adulteramos, o albergamos dichos pensamientos, ¿por qué lo hacemos? ¿No es porque nos agrada dicho pensamiento, nos hace sentir bien y optamos por darle alas? Nosotros mismos somos nuestro tesoro y preferimos agradarnos antes que obedecer a Dios.
Cuando nos divorciamos, rompemos votos o juramentos o tomamos venganza, ¿por qué lo hacemos? ¿No es porque estamos pensando en nosotros mismos y defendemos lo que creemos que nos conviene? Somos nuestro tesoro.
Y cuando somos hipócritas en el dar, en la oración y en el ayuno, ¿qué estamos buscando? ¿No es nuestra propia honra? También ahí somos nuestro propio tesoro.
¿Cuáles son los tesoros del cielo?
Los que otorga la obediencia a Cristo.
Jesús nos enseña a dejar de poner el foco en nosotros mismos y ponerlo en sus enseñanzas. Cuando decidimos hacerlo, reconocemos que Él sabe más que nosotros y quiere nuestro bien. Entonces damos más prioridad a su sabiduría que a la nuestra. No es fácil porque llevamos toda la vida tratando de agradarnos a nosotros mismos.
Al reconocer la sabiduría de Dios y percibirnos como discípulos suyos, la humildad va llegando a nuestros corazones y un cambio empieza a producirse en nosotros.
Obedecer a Cristo en cada área que nos enseña, es un verdadero tesoro que vale la pena acumular.
¿Y qué pasa con las riquezas?
Ah, ¡claro que también se está refiriendo a ellas!
Cuando somos nuestro propio tesoro, es natural que deseemos ardientemente las riquezas, pues nos pueden proveer de todo lo que anhelamos, nos dan poder, honra, honor, promueven el culto a nuestra personalidad.
Y por tanto, una vez adquiridas, es más difícil desprenderse de ellas y del poder que ejercen en nosotros. No son las riquezas en sí mismas las que son malas, sino lo que pueden producir en nosotros, o más bien, el alejamiento de las enseñanzas de Jesús.
Las riquezas potencian, llevan los deseos de agradarse a sí mismo, a convertirse en una realidad palpable; aumentan nuestro ego y eso va en contravía con las enseñanzas de Cristo, que quiere justo lo contrario.
La lámpara del cuerpo es el ojo
Si vemos estas cosas y optamos por obedecer a Jesús, Él nos dice que tenemos buen ojo, pero si optamos por ignorar sus enseñanzas, nos dice que estamos ciegos y caeremos en el abismo.
O buscamos seguir a Cristo o a nosotros mismos. El ego está en contraposición a la humildad y las riquezas potencian el ego.
No os afanéis
¿Entonces no debemos buscar las riquezas, ni emprender proyectos, ni buscar el progreso propio y de nuestra comunidad? ¿Eso es lo que nos enseña el cristianismo?
No. Lo que nos enseña es una actitud humilde en nuestro corazón. Como decíamos anteriormente, las riquezas en sí no son malas, lo dañino es la búsqueda incesante de ellas; el buscarlas para agradarnos a nosotros mismos.
¿Beneficia más a la comunidad un rico egoísta o un rico cristiano? Ojalá todos los ricos fueran cristianos de corazón. Y a los que sí lo sean, que Dios los guarde de las tentaciones.
Lo que Dios nos enseña es a no afanarnos por la consecución de riquezas, pues Dios sabe exactamente qué es lo que conviene a cada uno de nosotros según nuestro momento en la vida. El objetivo de Dios con nosotros va más allá de esta vida, y nos lleva de la mano en un proceso de transformación que alcanzará su meta.
Nuestro objetivo es buscar obedecer, cada vez mejor, según nuestro entendimiento, a Jesucristo. Y nuestro entendimiento también va siendo transformado.
¿Confiaremos más en nosotros mismos, seres finitos e imperfectos, o en nuestro Creador que nos diseñó y sabe con qué propósito nos formó?
¿Obedeceremos a nuestro cuerpo y sus deseos, que nos llevan a la perdición, o a Dios, que quiere llevarnos a lo más alto y excelso: llegar a ser sus propios hijos?
Si eres hijo de Dios, deja ya de preocuparte (no volverte ocioso), más bien ocúpate en ser la mejor versión de ti mismo, según lo que el Espíritu Santo te vaya revelando, según la verdad de la que vayas apropiándote.





