2. La naturaleza humana

En verdad, ¡como seres humanos somos débiles! Queremos lograr un objetivo, pero a cada quien se le atraviesa algo: la televisión, la cama, la pareja, el partido, la fiesta, el celular, las amistades, el juego, el trabajo, entre otros distractores.

Cuando miramos el artículo «¿Por qué el pecado no es solamente un asunto de iglesia?», comprendemos que todos tenemos algo en lo que fallamos.

Dios ha dado múltiples muestras de que le interesa el desarrollo óptimo de cada ser humano. Para lograrlo, debemos dejar de pecar, pues al hacerlo nos causamos daño a nosotros mismos. Sin embargo, no es nada fácil. El apóstol Pablo lo expresaba muy bien en Romanos 7:15, 18: habitualmente no hacemos lo que nos proponemos; y más tarde en Romanos 7:24 expresa la frustración que esto nos causa.

¿Quién, entonces, está libre de pecado?

¡Nadie! Más aún cuando entendemos que todo lo que no proviene de la fe es pecado (Romanos 14:23).

La Biblia nos enseña en Salmos 14:2-3 y en Romanos 3:10, que no hay justo en la tierra, ni siquiera uno. ¡Todos somos pecadores!

Y si todos hemos pecado, en el artículo pasado conocimos las graves consecuencias que esto trae consigo: no solo las individuales y sociales —que ya de por sí son devastadoras—, sino también las espirituales. ¿Andar por la vida separado de Dios? Estamos en peligro inminente de perdernos eternamente: no contamos con el favor divino.

Pero eso no es todo, vimos que quien peca (y todos lo hacemos), se hace esclavo del pecado. Un esclavo no tiene el poder ni la capacidad para liberarse por sí mismo de la esclavitud, y si no puede lograrlo solo, ¡necesita a alguien que lo rescate!

Pero lo peor es que, debido al pecado, ya estamos condenados. Si no viene alguien a rescatarnos, nuestro destino final ya está sellado: muerte, infierno, separación final y eterna de Dios.

No obstante, suele escucharse a menudo: «Tranquilízate, que Dios es amor». Es por ello que en nuestro próximo artículo abordaremos el tema de «La naturaleza de Dios».

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