Sabemos y nos apegamos al hecho de que Dios es amor (1 Juan 4:8, 16), que nos entiende y nos perdona, pues es misericordioso (Éxodo 34:6, Salmos 103:8, Lamentaciones 3:22-23). Y así es; sin embargo, tendemos a olvidar, convenientemente, que también es un Dios justo (Deuteronomio 32:4, Salmos 11:7, Hechos 17:31, Salmos 5:4-5, Proverbios 15:9).
La Biblia nos enseña que Dios no tendrá por inocente al culpable (Nahum 1:3, Gálatas 6:7, Números 14:18, Éxodo 34:7, Isaías 13:11), y nos exhorta a alcanzar la perfección (Mateo 5:48, Levítico 19:2).
Entonces tenemos un problema, y grave, pues como ya hemos establecido en los artículos anteriores, somos pecadores, y la paga del pecado es la muerte. Estamos condenados al infierno, a la separación eterna de Dios.
Aún así, Dios quiere salvarnos
Fíjate en lo que declaran pasajes como Ezequiel 18:23, Ezequiel 33:11, 2 Pedro 3:9. Existen muchos otros versículos; de hecho, el Nuevo Testamento despliega a lo largo de sus páginas el plan para la salvación del ser humano.
Completamente justo y completamente misericordioso
Dios es el único que puede salvarnos. Aunque es verdad que al pecar nos dañamos a nosotros mismos, en última instancia pecamos contra Él, y Él quien ha establecido la consecuencia del pecado: la muerte.
Si Dios es justo, ¿cómo puede salvarnos? ¿Acaso hará caso omiso de su justicia y hará prevalecer su misericordia para poder salvarnos? ¿No dejaría de ser justo si lo hace?
Esta situación acarrea un dilema, pero solo aparente. Dios lo resolvió desde «antes de los siglos». Observa lo que dice 1 Corintios 2:7-8:
«Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria».
¿Lo captaste? Si el príncipe de este mundo y sus huestes espirituales hubieran conocido los planes de Dios, jamás habrían crucificado a nuestro Señor Jesucristo. La Escritura está diciendo claramente que dicha crucifixión fue un evento trascendental, un hito que marcó un antes y un después para la humanidad.
Jesucristo es la respuesta de Dios para salvar al hombre preservando, tanto su misericordia, como su justicia. ¿Cómo? Lo descubriremos en la siguiente entrega: «Jesucristo, el Salvador».






