Ahora sí entraremos de lleno en la materia que nos ocupa, el Evangelio, cuyo significado es «Buenas nuevas» o «Buenas noticias». Jesús es el autor de la salvación, aquel que la hizo posible sin que Dios tuviera que pasar por alto su propia justicia.
¿Cómo es esto posible?
Jesús, quien en el principio era el Verbo, estaba con Dios y era Dios, se hizo carne y habitó entre nosotros como un ser humano (Juan 1:1, 9-11), pero en Él no se halló pecado en Él (1 Pedro 2:22, Hebreos 4:15). Él —quien no era un simple humano, sino Dios mismo hecho hombre— sacrificó su vida para pagar por el castigo que merecíamos todos los creyentes, librándonos del infierno e introduciéndonos en su Nuevo Pacto.
Por medio de Él, Dios fue plenamente misericordioso con nosotros al ofrecernos un camino de salvación, y fue totalmente justo, pues hubo alguien de valor incalculable y eterno —Jesús— que pagó el precio de nuestros pecados y sufrió la muerte para que nosotros no la sufriéramos.
¿Cómo evidenciamos esto?
En la publicación anterior: «La naturaleza de Dios», vimos cómo el Padre mismo lo afirmó en 1 Corintios 2:7-8. Pues bien, Cristo también lo ratificó. Observa lo que nos dicen pasajes como Marcos 10:45 y Mateo 20:28.
Además, en Juan 12:24 Jesús no está hablando de agricultura: el “grano de trigo” es Él mismo. Nos está diciendo que es necesario que muera para que de su entrega surja “mucho fruto”; es decir, muchas almas salvas.
«Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. Y esto decía dando a entender de qué muerte iba a morir» (Juan 12:32-33).
¡Y vaya que atrajo a muchos!
No hay duda alguna: Dios Padre planeó nuestro rescate desde antes de los siglos, y nuestro Señor Jesucristo lo anunció a sus discípulos —tanto en parábolas como de forma clara— y lo llevó a cabo en la cruz.
¿Entonces todos somos salvos?
No. Solo aquellos que tienen fe en Jesús. Pero ese es un tema que miraremos con más detalle en nuestra próxima publicación: «La FE que salva».





