5. La FE que Salva

De que la fe nos salva, no tengas duda alguna; Jesús lo dice claramente en Juan 5:24, y también Pablo en Efesios 2:8-9, enfatizando, que la salvación no se da por obras, sino por fe.

¿Cualquiera puede decir que tiene la fe que salva?

Tener la fe que salva no se trata solo de saber que Jesús es el Hijo de Dios, no, hasta los demonios saben eso y no se salvan. Diáfano como el agua está expresado en Santiago 2:19 – Los textos bíblicos los tomamos de Bibliagateway.org en su versión LBLA-.

No nos equivoquemos: Jesús nos invita a entrar por la puerta estrecha y a caminar por el camino angosto; es decir, a darle la espalda al pecado (Mateo 7:13-14).

Tampoco se trata de hacer una declaración de fe simplemente porque alguna vez alguien te convenció de ello. No es algo que se tome a la ligera, es una decisión profunda del alma donde debes calcular el costo de seguirlo. Mira Lucas 14:28; Jesús no estaba hablando de construcciones, sino del compromiso real de ser su discípulo.

Toma en cuenta también los siguientes pasajes: Mateo 5:3, Mateo 4:17 y Marcos 8:34. Jesús llama a quien quiera seguirlo a reconocer su pobreza espiritual, arrepentirse, negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirlo.

¿Quiénes son los pobres en espíritu? Los humildes: aquellos que no se creen autosuficientes y reconocen su necesidad de Dios. Ellos son los que se salvan, de ellos es el reino de los cielos. La fe genuina y el arrepentimiento van siempre de la mano; quien reconoce su ruina espiritual ante Dios es quien está dispuesto a arrepentirse de sus malos caminos.

Para saber de qué necesitamos arrepentirnos, las Escrituras nos revelan la norma moral de Dios. En el Antiguo Testamento encontramos sus leyes, que nos muestran la gravedad de nuestro pecado, y las profecías que anuncian la llegada del Salvador. En las enseñanzas de Jesús vemos la verdadera dimensión de esas normas, las cuales son llevadas hasta su causa raíz: el corazón del hombre, no obras externas.

Esto concuerda con el llamado a calcular el costo: entiendes quién es el que te llama y a qué te llama. La gracia no se compra con obras, pero recibirla tranformará tus prioridades: te lleva a tomar tu cruz, renunciar a los deseos de la carne y seguir las enseñanzas de Jesús.

¿Qué implica, entonces, la fe que salva?

  • Creer en quién es Jesús: el Hijo unigénito del Padre, Dios hecho carne.
  • Creer en lo que dice y a qué te llama. Al contrastar su santidad con tu vida, el Espíritu quebranta tu orgullo y te lleva al verdadero arrepentimiento y a estar dispuesto a tomar tu cruz.
  • Creer en lo qué hizo Jesús por tí: murió en la cruz para rescatarte de la muerte y recibir el castigo que tú y todos los creyentes merecíamos, introduciéndote en el Nuevo Pacto de la gracia.

No te pide que seas perfecto para venir a Cristo —en ese caso nadie vendría, pues todos somos pecadores—. Es por fe, no por obras; pero una fe viva que transforma.

Y algo más

La fe que salva no solo implica creer en Jesús en privado, sino confesarlo abiertamente. Mira Romanos 10:9-10 y Mateo 10:32-33. No estás llamado a ser un «Agente secreto del Señor», sino a dar de lo que recibes, a ser Sal y Luz para el mundo.

Confesar a Jesús como “Señor” es reconocerlo como tu Dios y Maestro: aquel que sabe lo que realmente es mejor para ti. No sigues ciegamente lo que tu cuerpo y alma demandan, sino lo que Dios te enseña en su palabra.

Jesús te llama, pero no te obliga.

Apocalipsis 3:20 es claro al respecto: Jesús llama a la puerta, pero tú decides si le abres o no. Como Él mismo lo dijo en Jeremías 29:13, quien lo busca de todo corazón lo hace porque ha comprendido su necesidad de Él. Sabe que sólo, está condenado, pero que con Cristo tiene vida eterna y un corazón rebosante de agradecimiento porque es consciente que no es merecedor de ello.

¿Cómo se si soy cristiano si sigo pecando?

Veamos cómo sería el comportamiento de un cristiano ante el pecado: ¿qué te impide gozar del pecado?

  • Antes de llegar a Cristo, enfrentaste la verdad y te arrepentiste genuinamente, estabas de acuerdo con Él sobre el pecado y dispuesto a seguirlo. Bueno, ¡Tu corazón no cambia tan fácilmente, y menos aún después de ser convertido!
  • Si fuiste genuino en tu arrepentimiento y creíste en Jesús, eres salvo, entras al Nuevo Pacto y Dios no se acordará mas de tus pecados, pero también inscribe sus leyes en tu mente y corazón. Tienes una nueva naturaleza. No quieres pecar y si lo haces, te sientes fatal.
  • Tu cuerpo tal vez “gozará” momentáneamente de la falta, pero tu alma sufrirá, y además sufrirás la disciplina del Señor (Hebreos 12:6).

También hay algo distintivo en los discípulos de Jesús cuando se convierten: la paz de Cristo (Juan 14:27). Sabes profundamente quién eres en Cristo, a pesar de las tormentas de la vida.

La fe y las obras

Existen testimonios de personas que creyeron en quién es Jesús y en la verdad de sus enseñanzas, e incluso hicieron muchas obras siguiendo su ejemplo. Sin embargo, al enfrentar un peligro inminente, sintieron un profundo terror e incertidumbre sobre su salvación; aún no se habían apropiado del regalo que Jesús les ofreció. Fue solo cuando comprendieron y abrazaron la gracia de la vida eterna que su alma encontró verdadero descanso. No son tus obras las que te otorgan esa convicción, sino la fe en la obra de Cristo en la cruz.

Esto lo manifiesta con maestría el apóstol Pablo al describir la condición del hombre sin Cristo: muestra la impotencia de hacer lo que detesta (Romanos 7:15, 18), clama con desesperación por ayuda en el versículo 24 y, de inmediato, da gracias a Dios por la respuesta en Jesucristo (v. 25). Esta liberación se despliega en Romanos 8, donde pasa de la condena y el conflicto a la paz, la vida en el Espíritu y la absoluta seguridad de nuestra salvación.

Pero pensar que, porque la salvación es por fe, las buenas obras ya no importan es un craso error. ¿Por qué?

  • Al venir a Cristo, te arrepientes precisamente de las malas obras.
  • Al seguir a Jesús, Él te impulsa a obrar bien.
  • Al entrar en el Nuevo Pacto, inicias un camino de santificación guiado por el Espíritu Santo, que también te conduce a hacer el bien.

Recibir críticas o acusaciones de «legalismo» por obrar bien, es un contrasentido, pues eso es precisamente a lo que conduce seguir a Jesús y ser santificado por el Espíritu Santo. No necesitas obras para que Dios te salve —solo fe en Jesús—, pero las obras son la consecuencia natural de la salvación.

Nunca ha habido tal contradicción. Quien no hace la voluntad del Padre no entra al reino de los cielos, como lo afirma Mateo 7:21. Bajo la ley, nosotros intentábamos hacer las obras con nuestras propias fuerzas; bajo la gracia, el Espíritu Santo obra en nosotros y nos conduce a hacer el bien de manera natural.

¿Por qué salva pecadores? ¿acaso Dios dejó de aborrecer el pecado?

Oh, no. Claro que sigue aborreciendo el pecado. Dios no cambia, nosotros sí. Pero como dijimos antes, si no salvara pecadores, nadie se salvaría. ¿Significa esto que ahora Dios convivirá con el pecado? No, pero eso amerita otra publicacion, nos vemos en «El Nuevo Pacto».