Jesús mismo nos advertía, en Mat 7: 15-23, sobre los oportunistas sin escrúpulos que buscan aprovecharse de la fe de la Iglesia para beneficio propio.
Todos hablan elocuentemente, son expertos en el trato amable y poseen un gran poder de convicción. Además, muchos manejan técnicas de ingeniería social, programación neurolingüística (PNL) o sugestión. Otros, aún más peligrosos, recurren a la manipulación mental o control ideológico o sectario; mientras que los de estilo más clásico o teológico optan por el engaño sutil o la falsa piedad.
Pululan en las iglesias evangélicas, porque allí se acostumbra a diezmar, y eso puede llegar a ser una fuente de ingresos muy lucrativa para quien está interesado solo en hacer crecer el rebaño para beneficio propio, para lo cuál usará todos los medios disponibles a su alcance.
¿Cómo reconocerlos?
Jesús nos da la clave: revisemos sus frutos. Quien urde este tipo de engaño y decide dedicar su vida a ello lo hace por varias razones: ansias de reconocimiento, beneficio económico y/o poder sobre los demás, entre otras.
Esto se nota en su vida; es algo inocultable. El que busca reconocimiento disfruta de la atención y no pierde oportunidad para lucirse. El que desea enriquecerse, no se priva de usar el dinero para darse la vida que anhela. Y al que ambiciona poder se le nota de inmediato en el trato con la Iglesia.
Además, en todos ellos es evidente el sesgo de sus sermones o alocuciones: transmiten la palabra de Dios, pero con gran énfasis en el objeto de su predilección, ya sea reconocimiento, recaudación de fondos o el afán por dominar a la congregación.
¿Y en el plano espiritual?
Ah, no son tontos: son instruidos, leen la Biblia y preparan buenos mensajes, a menudo con un 90% de contenido espiritual y un 10% manipulado para favorecer sus verdaderos intereses. Estos son los discursos más dañinos, pues pretenden legitimar sus ambiciones tergiversando verdades bíblicas.
Oran mucho, hacen alarde de su conexión con Dios y proyectan una gran apariencia de piedad. No sé qué tanto comprendan el evangelio, pero ciertamente no se les nota; lo único seguro es que no creen en él; de otra forma no actuarían así.
¿Deben ser pobres, entonces, para ser auténticos?
No. Se puede reconocer a una persona íntegra tanto con dinero como sin él; del mismo modo que se reconoce a un bribón en cualquiera de esas dos condiciones. Con estos líderes es lo mismo: todos aparentan ser personas de bien, pero en algunos es evidente el gusto por el lujo, el poder o la admiración; otros lo disimulan mejor, aunque la marca permanece; y otros intentan defender su «derecho» mediante la Biblia.
¿Qué nos impide reconocerlos?
Nosotros mismos somos responsables de eso. Nos negamos a aceptar que nos estén engañando para no sentirnos ingenuos, e incluso hay quienes prefieren defender la farsa antes que asumir la verdad.
Por falta de costumbre, no ejercemos —más que un derecho, un deber— la responsabilidad de escudriñar lo que oímos y verificar su concordancia con la palabra de Dios. Mucho menos se ejerce la acción de desenmascararlos públicamente.
Para reconocerlos, es indispensable leer, examinar las Escrituras y comprenderlas; solo así podremos estar preparados para detectar la mentira en cuanto sea pronunciada. Y, lamentablemente, a muchos les da pereza hacerlo.
«¡Pero algunos hacen milagros!»
Si, cierto, ¡y los hacen en el nombre de Jesús! Aún así, siguen siendo falsos profetas. Mat 7:21-23 es muy claro al respecto: solo entrará al cielo el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos; es decir, los verdaderos creyentes, los escogidos que están en el Nuevo Pacto y son guiados por el Espíritu Santo.
¿Entonces todo es una farsa?
No vayamos tan lejos. Jesús es real, el evangelio es real, la salvación es real. No permitas que el haber sido engañado alguna vez por estos falsos profetas te haga perder lo más precioso que puedas tener en esta vida: la fe en Jesúcristo, la verdadera luz que alumbra a todo creyente y lo conduce por el camino de la santidad.
Construye tu casa sobre la roca
Como lo enseña Jesús en Mat 7:24-29, quien oye sus palabras y las pone en práctica está construyendo sobre la roca. Esa persona aguantará tempestades, pues sabe en quién ha confiado.
El que va a la Iglesia pero no obedece, ni se interesa en escudriñar las Escrituras —y cuya fe se limita a orar para pedir y dar gracias— no es realmente un creyente; está construyendo sobre arena. Su fe no aguantará las tormentas de la vida y terminará por derrumbarse.
Tu deber como cristiano es escudriñar las Escrituras y orar pidiendo entendimiento; así evitarás ser llevado de un lugar a otro por cada viento de doctrina que escuches. Efesios 4:14.





