Mat 7:13-14 nos muestra 2 caminos: uno fácil con una puerta ancha y uno más difícil con una puerta estrecha.
¿Por qué un camino es ancho con puerta ancha?
Porque es el camino de los sentidos, de aquello que nuestro cuerpo y mente (al menos la parte más pasional de ella) nos piden. Es lo más natural para nosotros, en donde nos parecemos más a los demás animales.
¿Tengo pereza?, pues descanso; ¿necesito plata y no tengo? pues aprovecho la oportunidad y me apropio de algo, es rápido y nadie se va a dar cuenta; ¿me gusta la pareja de otra persona? pues igual voy a la conquista; ¿detesto a alguien? pues le busco el mal; ¿hay mal ambiente en el matrimonio?, pues me separo; etc, etc.
Es fácil porque nos comportamos según nuestros instintos naturales; todo fluye, aunque le hagamos daño al prójimo y luego paguemos las consecuencias. Seguimos el camino del menor esfuerzo.
Nos comportamos egoístamente, no como en «La Regla de Oro»; obramos bajo la ley del embudo, que todo lo que nos agrade, llegue a nosotros. Somos nuestro bien más preciado.
¿Por qué el otro es estrecho?
Porque nos obliga a actuar diferente. Está más conectado a nuestra alma, con sus propósitos sublimes, que a nuestro cuerpo y sus exigencias, ¡y eso exige disciplina!
¿Y acaso no tenemos disciplina? ¡Claro que sí!, pero la usamos para lo escencial, casi que para lo que percibimos como obligatorio o necesario: los estudios, el trabajo y las responsabilidades de la casa.
¿Y las cosas relativas a la moral?
Bueno, ahí es donde tendemos a ser más complacientes con nosotros que con los demás; es ahí donde nos atrevemos a tomar riesgos.
Cuando Jesús nos manda a: cortar con los ciclos de violencia; a no codiciar a la pareja ajena; a respetar el matrimonio, los juramentos, los votos; a andar siempre con la verdad por delante; a no vengarnos; a amar al prójimo como a ti mismo; a no ser hipócrita en el dar, en el orar, en el ayuno y en el juzgamiento a los demás; a no buscar ser honrados por los demás, sino por Dios; a no robar; a no envidiar; a no desearle mal a los demás; a hacernos tesoros en el cielo y no en la tierra; ahí es donde fallamos estrepitosamente.
Esas cosas que Jesús nos pide, van en contra de lo que nuestro cuerpo nos pide; nos pide dejar de ser egoístas y aún sabiendo las consecuencias, muchos escogen andar por el camino ancho.
Lo que el cuerpo pide y va en contra de la moral, es lo que llamamos pecado, y no le conviene en nada al ser humano, pues atenta directamente contra él como individuo y/o como sociedad.
¿Y podemos escoger el camino angosto?
Solo lo hace quien ha dedicado tiempo a conocer a Dios, sus portentos, sus profecías, muchísimas cumplidas, otras en proceso, a Jesús y su obra salvadora. Esa persona puede reconocer quién, realmente, es Jesús, ha comprendido a qué está siendo llamado: a una vida diferente, a combatir el pecado en su propia vida. Ese es el tipo de persona que está dispuesta a escoger entrar por la puerta estrecha.
Pablo dice que podemos querer caminar por el camino angosto, pero que no podemos. Luego da gracias a Jesucristo. ¿Por qué? Porque es el único que puede librarnos de las cadenas del pecado. Para ver cómo, has de revisar lo que escribimos en «El Evangelio».





